Anoche se extendió más de lo planeado, y los niños ya se habían perdido su hora habitual de dormir. Casi dejo pasar nuestra devoción, pero sentí un suave empujón para no hacerlo. Así que los reuní, pasamos un poco de tiempo en la Palabra y oramos juntos. Esta mañana se sintió diferente. Me desperté tranquila en lugar de estresada. Desperté suavemente a los niños y oré con cada uno de ellos antes de que comenzara el día. Ver esa calma asentarse en ellos llenó mi corazón de una manera que no puedo explicar completamente. Esta gracia no es solo para mí, también es para ellos. Señor, gracias por guiar nuestros pasos, por Tu paciencia y por siempre darnos la bienvenida de nuevo, sin importar cuán lejos nos alejemos.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús.
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